(Escribo este texto como parte de mi trabajo de comunicación para Andrés Marín, pero tengo que admitir que las palabras han salido desde la admiración a su trabajo como artista).
Andrés Marín es una excepción entre casi todos los intérpretes flamencos. Virtuosa y brillante, cuyos movimientos , estilo contemporáneo e inventiva rítmica rebasa con creces los límites del acto interpretativo. Su particular modo de interpretar la tradición flamenca y los cantes clásicos es imprescindible para comprender la evolución del flamenco en los últimos 10 años.
Marín ha convertido su carrera en un proyecto estético y cultural, más allá de un acto efímero de interpretar a los clásicos. Su trabajo se caracteriza por el esfuerzo de producir no solo interpretaciones, sino alegatos y críticas sobre las piezas que interpreta. Al mirar alguno de sus espectáculos tenemos la sensación de presenciar cómo se despliega, casi cómo se resuelve, una obra en una serie de movimientos entrelazados y cohesionados no por un par de pies, sino por un cuerpo, donde cada parte de este responde a la mente que en realidad se encuentra detrás de todo. Andrés intenta articular la danza flamenca de un modo distinto. La esencia del contrapunto es la simultaneidad de movimientos, un control prodigioso de los recursos y una inventiva en apariencia inagotable. En el contrapunto, la danza se halla siempre inmersa en un proceso de repetición por uno y por otro cuerpo, susceptible a pasar por un número infinito de interpretaciones: el resultado es el Flamenco Contemporáneo. El trabajo contrapuntístico de Marín se encuentra en la frontera en la que confluye música y racionalidad, dando como resultado la encarnación física de ambas.
